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Viabilidad y disolución de una empresa. Comprobaciones y decisiones incómodas

Por
Gráficos impresos.

La viabilidad de una empresa se da por supuesta, y poner en tela de juicio la misma es, para el empresario, una comprobación de mal gusto. En efecto, si algo tiene que ser, mejor darlo por sentado y no contrastarlo, no vaya a ser que de resultas de la misma se tenga que enfrentar a un problema que por el momento no se tiene.

 

Esta actitud es más habitual de lo que nos pensamos, pero como la realidad es terca, si no es a iniciativa propia, serán terceros los que pueden poner en evidencia la inviabilidad de la empresa (proveedores y/o acreedores, entidades públicas, entidades financieras, trabajadores, etc…). Ello supone actuar por reacción, y perder la multitud de oportunidades que brinda la detección temprana de una situación de inviabilidad.

 

La legislación establece los límites para conocer cuándo la disolución deja de ser potestativa y deviene obligatoria.

 

El Real Decreto Legislativo 1/2010, de 2 de julio, por el que se aprueba el texto refundido de la Ley de Sociedades de Capital, dedica el Título X a la Disolución y liquidación. En dicho apartado se determinan cuáles son las causas que obligan a la disolución. Entre ellas, que la sociedad incurra en pérdidas que dejen reducido el patrimonio neto a una cantidad inferior a la mitad del capital social, a no ser que éste se aumente o se reduzca en la medida suficiente, y siempre que no sea procedente solicitar la declaración de concurso.

 

Por su parte, la Ley 22/2003, de 9 de julio, Concursal, define como presupuesto objetivo para presentar la solicitud de concurso el sobreseimiento general de pagos, e indica que dicha circunstancia debe ser conocida por el deudor, por lo que éste no puede alegar desconocimiento (“…hubiera conocido o debido conocer…” primer párrafo del art. 5 de dicha Ley).

 

Antes de que la empresa se encuentre incursa en la obligación de disolución, habrán llegado al empresario multitud de señales de alarma, entre ellas, situaciones puntuales de iliquidez.

 

Pero incluso antes, es fundamental para el empresario conocer la viabilidad de su negocio, bajo unas premisas realistas, y conocer si la situación de iliquidez que eventualmente pueda presentarse es razonable que sea asumida o, por contra, es una señal de alarma que debe llevar a la reflexión sobre la necesidad de la liquidación de la compañía.

 

Podemos definir la viabilidad de un proyecto, o de una empresa, como la posibilidad de llevar a cabo el mismo con un resultado final no negativo.

 

Y para conocer si una empresa es viable deberá elaborarse un plan de empresa. Requisito fundamental del mismo es que sea sencillo, comprensible y asumido para el empresario.

 

El Plan de Empresa se elaborará tomando como base unas hipótesis, p.e. cifra de ventas, coste de los aprovisionamientos, etc., y con base a ellas se formularán una serie de previsiones.

 

Negro sobre blanco es fácil cuadrar los números y que el resultado sea positivo. Lo difícil es lograr que la realidad vaya confirmando que las hipótesis y previsiones fueron las correctas. Si ello no es así, deberá actualizarse el Plan de Empresa, y cuestionarse nuevamente la viabilidad de la misma. Si no se alcanzan los presupuestos el empresario deberá saber por qué y si puede asumirlo.

 

Antes de tomar determinadas decisiones, que incluso pueden acarrear el compromiso de su patrimonio personal, el empresario debe conocer los riesgos, y sólo asumirlos si son necesarios.

 

Es importante realizar el análisis sin connotaciones emocionales o personales, definiendo hipótesis realistas y analizando la sensibilidad del resultado ante desviaciones de las mismas. De esta manera el empresario se convierte en piloto del destino de su empresa y deja de tener una actitud pasiva o de arrastre por el mercado.

 

Ante señales de alarma, entre otras:

 

– Disminución de ingresos, sobre todo los recurrentes.

– Previsión de cambios regulatorios en el sector.

– Realización de ventas de activos no necesarios que disimulan una situación de iliquidez.

– Abandono del proyecto por parte de socios o empleados del staff.

– Incumplimiento de obligaciones, no sólo de carácter económico.

– Detección de problemas de tesorería en nuestros principales clientes.

– Vencimiento de contratos o concesiones administrativas.

– Apalancamiento financiero elevado.

– Concentración de la financiación ajena en pocas o en una única entidad.

– Descenso de la rentabilidad económica.

– Acumulación de stocks no deseados.


Deberá actuar de manera decidida, porque es posible liquidar una empresa y abrir otra, lo que es más difícil es reconstruir daños que ya han afectado a la esfera personal.

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