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CLAVES

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Si eso ya lo sabes, ¿entonces por qué no lo haces?

Por
Ejecutivo ante el ordenador, con los codos apoyados sobre la mesa y las manos sujetando la cara.

El cerebro humano tiene una capacidad de almacenamiento de información prácticamente ilimitada.

 

Aquellas personas a las que les gusta adquirir conocimientos, que tienen curiosidad por el aprendizaje, pueden almacenar cantidades ingentes de información en su cabeza.

 

De hecho, cuando hablamos con una persona que lee mucho nos suele decir “sí, eso ya lo sé”.

 

La gran paradoja se produce cuando muchos de esos conocimientos no se ponen en práctica para producir el efecto beneficioso que de ellos se podría desprender.

 

Por ejemplo, muchos de las empresarios, gerentes y profesionales actuales saben que la innovación en gestión de personas y la adaptación tecnológica o transformación digital es clave para mejorar la productividad y crear nuevas formas de hacer negocio y, por tanto, fundamental para el sostenimiento y desarrollo de su empresa o proyecto.

 

Sin embargo son muy pocos los que lo llevan a la práctica y siguen llevando su día a día como siempre lo han hecho. ¿Por qué?

 

¿Por qué nos gusta saber mucho pero nos cuesta tanto transformarlo en conductas observables?

 

La respuesta a esta paradoja la encontramos en los descubrimientos de la psicología en colaboración con las neurociencias.

 

Ya lo intuíamos, pero ahora tenemos “datos duros” de que el ser humano activa áreas racionales y emocionales (todo el cerebro) para tomar decisiones, recordar, pensar, hablar, percibir y aprender.

 

Y que la ponderación de la emoción en estas funciones superiores es mucho mayor que el peso de la razón.

 

Puede que la razón gane alguna batalla si hay un conflicto emoción-razón pero la guerra la termina ganando la emoción. Tiene un “ejército neuronal aliado” inmensamente superior.

 

Sabemos que a nivel fisiológico el sistema emocional juega con ventaja, ya que es alrededor de 200ms más rápido que el sistema racional en el procesamiento de la información.

 

De esta forma el sistema racional trabaja con información ya impregnada de un valor emocional asignado en base a experiencias, creencias y aprendizajes pasados  del individuo.

 

A partir de aquí, el sistema racional lo que hace básicamente es buscar argumentos para respaldar o confirmar la información emocional. Por eso decimos que tomamos decisiones emocionales y después las racionalizamos a capa y espada.

 

Además, el sistema emocional es un sistema eficiente (aunque no siempre eficaz), de patrones repetitivos al que le gusta ahorrar energía como forma de preservar la vida (fruto de la evolución adaptativa humana).

 

Por otro lado, desmontar paradigmas y creencias arraigadas solo es posible desde el interior, siendo un trabajo personal de cada uno. Desde fuera solo se puede ayudar o apoyar el trabajo interior siempre que sea solicitado por la persona.

 

De forma que si intentamos “tocarle los paradigmas” a alguien, se va a sentir amenazado poniéndose enseguida a defender sus creencias. Es un mecanismo natural y automático de protección de nuestro ego ante una amenaza percibida.

 

Por todo ello, para que podamos pasar de la inspiración a la transpiración, es decir de la teoría a la práctica, tiene que haber una convicción no solo a nivel cognitivo o racional sino también a nivel emocional.

 

De manera que, o sentimos la necesidad de llevar a cabo cambios en nuestra vida personal o profesional (lo que llamamos “interiorizar” el aprendizaje) o no lo haremos, solo lo pensaremos y diremos “sí, eso ya lo sé”.

 

Hasta que un conocimiento no baja al sistema emocional y lo sentimos parte de nuestra identidad alineado con nuestros valores y motivaciones, no se expresa en nuestras vidas.

 

La prueba la tenemos en muchos directivos y profesionales que asisten a decenas y decenas de eventos sobre cambio, mejora e innovación pero siguen haciendo lo mismo de siempre.

 

¿Qué podemos hacer para conseguir ese movimiento de lo racional a lo emocional y que ambos sistemas trabajen al unísono a nuestro favor?

 

Desarrollar nuestra inteligencia emocional.

 

Y esto no se hace de la noche a la mañana, sino que supone un proceso de trabajo interior (autoconsciencia y autoconocimiento) y social (empatía y asertividad).

 

La buena noticia es que entrenar nuestra inteligencia emocional, aunque supone tiempo y esfuerzo, proporciona altos dividendos.

 

Claro, ahora me dirás “sí, eso ya lo sé”.

 

Me despido con una cita que se le atribuye a Confucio, que dice así:

 

“Si ya sabes lo que tienes que hacer y no lo haces, entonces estás peor que antes.”

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