Publicidad
DINERO

3

Saben cuánto gano. ¿y también deben saber en qué lo gasto?

Por
Tarjeta de crédito.

Acabo de regresar de Suecia y Dinamarca. Allí no intentes pagar a un taxista un recorrido corto con billetes, seguramente no llevará cambio. Da igual lo pequeña que sea la transacción, hasta te miran mal si sacas billetes para pagar unas salchichas en uno de los puestecillos típicos.

 

Y ese es el futuro que nuestros políticos ansían. Intenté cambiar doscientos euros en una ventanilla bancaria y el cajero se negó, tenía que ingresarlo en cuenta. Y ya sabes, no pagues en físico más de mil euros, ni aceptes reconocer que un día vistes un billete de quinientos, usar algo por encima de cincuenta te señala. Fíjate en las nuevas carteras que están apareciendo, cada vez disponen de más espacio para tarjetas y de menos para efectivo.

 

Si quieres conocer a una persona, olvídate de todos los test y estudios de personalidad existentes. Son juegos. El mejor indicador real de quien es el sujeto que tienes enfrente se concreta en dos parámetros: saber en qué gasta su tiempo y en qué consume su dinero.

 

Google ya sabe con precisión dónde estas, cuanto tiempo estás, con quién estás y hasta qué haces. No me gusta, pero basta con quitar de en medio mi móvil (¡y puedo hacerlo!) para anular esa amenaza, si así me parece. Tampoco me parece mal el acuerdo que firmé con ellos, cedí intimidad a cambio de comodidad, para que puedan venderme cosas más fácilmente. Pero yo decido si las compro, o al menos eso creo.

 

Pero si cada pago que haga queda registrado por mi banco, para empezar mi “asesor personal” tendrá –o tiene– información exhaustiva de en qué gasto lo que gano. Y la va a usar, perdón, la está usando. Bajo una filosofía que no comparto: ellos creen que el mejor sitio del mundo para mi dinero es su cuenta. ¿Quién no ha ido a sacar una cantidad o hacer un traspaso y se ha visto acuciado por el empleado pertinente para explicar por qué y en qué iba a emplear ese dinero?

 

El sistema de objetivos y primas de la banca a sus empleados es perverso, no funciona en base a dinamizar la riqueza, si no en lograr su inmovilización en los productos que a la entidad le interesa. De hecho, creo que gran parte del problema oculto tras el bajo dinamismo de nuestra economía procede de ese hecho, pocas cosas hacen más feliz al director de una sucursal que un jubilado con buenos fondos inmovilizados en un plazo fijo de bajo coste que se renueva cada año. Y pocas cosas le duelen más que, al fallecimiento de ese sujeto, sus herederos dispongan del dinero: ¿cómo cubre en sus objetivos esa caída de pasivo?

 

Pero peor, si el dato está en el banco, está también en la administración.

 

¿Y quién duda que teniendo esa información la administración va a pasar de ella? ¿Quién nos asegura que algún día no empezarán a poner controles que, en nombre de la solidaridad, el medio ambiente o cualquier otra gran excusa, empezarán a poner límites en mi vida privada? Por ejemplo: “usted ha gastado demasiado en bebidas alcohólica, o en el bingo, o en azúcar”. Detrás de eso, fijar incentivos y penalizaciones para que haga una cosa o deje de hacerla, es lo más sencillo.

 

Que sepan lo que gano, que sepan en qué gasto mi tiempo y en qué empleo mi dinero conlleva un riesgo que me abruma: que alguien entienda que él está mucho más capacitado que yo para decidir por mí cómo debo vivir. Luego me dirán que disfruto de una sociedad libre porque puedo tener la ideología que me plazca y votar por quien se presente.


Pero quizás (¡quién sabe!) ese concepto de libertad por el que tanto lucharon nuestros abuelos y tatarabuelos hace ya tiempo que dejó de representar a la gran palabra.

Compartir el artículo con un amigo

Publicidad

ARCHIVADO EN:

Publicidad

    Comentarios



    Acceda o regístrese para comentar