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SOCIEDAD

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Predicciones económicas: fe de errores

No es raro que se acuse a los economistas de que sus conocimientos sirven sólo para explicar lo que ha pasado, cuando ya no tiene remedio. Y, sin embargo, se empeñan en adivinar el porvenir.

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Hombre mirando por unos prismáticos en cuyas lentes aparecen dibujados gráficos económicos.

El deseo de conocer lo que nos deparará el mañana es tan antiguo como la humanidad y en todas las épocas y lugares ha habido muchas personas interesadas en descubrirlo.

 

Los métodos utilizados para escudriñar el futuro han sido innumerables, desde la consulta a los oráculos de los dioses griegos o la mera imaginación literaria hasta el estudio de los vuelos de las aves y el análisis de las vísceras de animales sacrificados con este propósito. Los protagonistas han sido también muy variopintos, desfilando entre ellos una larga lista de profetas, adivinos, hechiceros, astrónomos, meteorólogos, científicos de varias disciplinas…, y economistas.

 

Pese a las prohibiciones, casi siempre de origen religioso, innumerables personas han pretendido adivinar el futuro en los astros, hecho que es especialmente significativo en el caso de reyes –como Alfonso X el Sabio– que durante siglos contaron con la presencia de astrólogos en sus cortes.

 

También se ha recurrido a los astros en materia económica. De hecho, el uso de los ciclos planetarios en la previsión de los precios futuros de las materias primas y de los títulos bursátiles tiene una larga tradición. Hasta el punto de que varios economistas, como William Stanley Jevons o Samuel Benner culparon en el siglo XIX a las estrellas de los vaivenes de los mercados y de ser la causa remota de los mayores desastres comerciales.

 

Todavía hoy existen economistas partidarios de contrastar las predicciones de bancos y gobiernos con el astrólogo de guardia. Uno de ellos, el profesor español Santiago Niño Becerra, se apoya en las posiciones relativas de Neptuno y Plutón para anticipar, con ayuda de una astróloga, todo tipo de situaciones económicas, políticas y sociales hasta el año 2052. Bastantes de ellas muy desmentidas por la realidad, qué le vamos a hacer. El afán de notoriedad puede causar estragos.

 

Con estos precedentes no es raro que con cierta frecuencia se acuse a los economistas de que sus conocimientos sirven sólo para explicar lo que ha pasado, cuando ya no tiene remedio. Y, sin embargo, se empeñan en adivinar el porvenir. Hasta el punto de que, si hay alguna fijación permanente en los economistas, ésta es su obsesiva preocupación por el futuro.

 

Grandes desaciertos

El asunto viene de lejos, desde los economistas clásicos. Figuras como Adam Smith, David Ricardo, Stuart Mill o Karl Marx no se limitaban a describir simplemente lo que ocurría sino que trataban de explicar la dinámica del cambio, preguntándose por los nuevos mundos que se estaban creando y qué consecuencias sociales depararían.

 

Otra cosa distinta es la conveniencia profesional de arriesgar la opinión sobre el siempre incierto futuro. Keynes auguró un pésimo porvenir para los economistas profetas y muchos otros han desaconsejado el ejercicio de la futurología; pero, a pesar de todo, varios millones de personas escuchan a diario en todo el mundo las opiniones de los economistas sobre las perspectivas de los negocios y, en general, sobre la marcha de la sociedad.

 

La razón es evidente: la previsión es importante para las empresas, porque precisan decidir qué capacidad productiva necesitarán para atender la demanda futura; para los gobiernos, a la hora de preparar sus presupuestos; para los bancos centrales, de cara a establecer las bases de la política monetaria; y es importante también para una pléyade de organismos públicos y privados, además de para las familias y los ciudadanos.

 

El problema es que, cuando los economistas pretenden describir los acontecimientos futuros, se equivocan con mucha frecuencia, empezando por quienes trabajan para los organismos internacionales. La relación entre las previsiones económicas que anuncian y la cifra observada posteriormente es, en los últimos años, una historia de grandes desencuentros.

 

Un ejemplo. La relación entre las previsiones económicas de la Comisión Europea y la realidad es una historia de grandes fracasos. Estos errores serían pecados menores si las previsiones del ejecutivo comunitario no fueran la piedra angular sobre la que se levantan los draconianos planes de recortes que la UE dicta a los Estados miembros: cuando Bruselas exige “reformas estructurales” a algunos países o aplaude el vigor con el que crecen otros, lo hace en base a unas predicciones económicas que después se demuestran erróneas.

 

Al parecer, la regla general es que ningún organismo internacional o gobierno acierte en sus previsiones económicas, unos datos que se analizan con lupa y que, en ocasiones, provocan cataclismos en la Bolsa o en las primas de riesgo. Sirva de ejemplo que el FMI auguró que la economía española crecería el 1,2% en 2009, pero se desplomó hasta el -3,7%, el peor año de la crisis. Por el contrario, en 2010 los pronósticos estuvieron marcados por el pesimismo y la realidad mejoró las cifras: si la OCDE decía que la economía española caería un 2,9% y el FMI un 0,8%, al final la contracción fue solamente del 0,1%. Dos años más tarde, en 2012, ningún organismo anticipó que España volvería a la recesión.

 

Tampoco las predicciones de la Reserva Federal de Estados Unidos funcionan mucho mejor. Durante más de 18 años al timón, Alan Greenspan, considerado “gran mago” de las finanzas, presenció en asiento de primera fila y participó activa y pasivamente en la gestación del proceso que culminó en la catástrofe de la Gran Recesión. Alertó cuatro años antes de la “exuberancia irracional” de las Bolsas mundiales pero luego alimentó la gran burbuja con su política monetaria.

 

Algunos economistas famosos adelantan lo que han imaginado ver en su bola de cristal, a veces bajo titulares apocalípticos. Pero otros colegas han preferido siempre apostar por un aparentemente anodino “apenas pasará nada”, que los peor pensados atribuyen a filtraciones remuneradas de grandes bancos de inversión y demás multinacionales financieras. Ni unos ni otros saben qué diablos ocurrirá en realidad, eso téngalo el lector por seguro, pero la memoria colectiva es muy frágil y nunca pasa factura por los pronósticos errados.

 

Un economista muy solicitado en tribunas políticas, Joseph Stiglitz, recibió en 2001 el Nobel de Economía, junto a Akerlof y Spencer, por su contribución a la teoría de la asimetría de la información. Pues bien, Stiglitz elaboró en 2002 un informe encomendado por los grupos financieros Fannie Mae y Freddie Mac en el que afirmaba que la actividad de ambos, garantes de los préstamos hipotecarios concedidos por los bancos a clientes poco solventes (las famosas hipotecas subprime) no implicaban prácticamente ningún riesgo para el sistema bancario. Al final, la pareja norteamericana de agencias hipotecarias Fannie&Freddie fue rescatada en una gigantesca operación de salvamento y socorrismo financiero en 2008.

 

Otro economista muy famoso y polémico es Paul Krugman, Nobel de Economía en 2008. Una de las características de sus opiniones es que dan tales bandazos que cada una acostumbra a matizar, cuando no a desmentir, la anterior. Según el historiador británico Niall Ferguson, “entre abril de 2010 y julio de 2012, Krugman escribió al menos en una docena de ocasiones que la ruptura del euro era inminente”, que Grecia e Irlanda no tenían ninguna buena alternativa que no pasara por dejar la moneda única y, para rizar el rizo, en marzo de 2013 anticipó que Chipre sería expulsado del euro en cuestión de días. Cierto es que en mayo de 2012 Krugman advirtió a sus lectores del Washington Post que su visión del euro dependía de su estado de ánimo, pero añadió también que, “como materia económica es un proyecto acabado”.

 

En su disculpa por no acertar en las predicciones sobre la economía europea, Krugman admitió que sus modelos no pudieron predecir las actuaciones del BCE, pero también aseguró que España e Italia quedarían atrapadas por un corralito y que las dos naciones debían reducir los salarios entre el 20 y el 30 por 100 para evitar lo peor de la crisis. En una visita a nuestro país, la revista Libre Mercado le preguntó por las reiteradas ocasiones en las que animó a la Fed a inflar una “burbuja inmobiliaria”. Su respuesta fue que “estaba bromeando”.

 

¿Y cuando aciertan?

La lista de los fallos garrafales en las predicciones de los economistas y de otros científicos, sociales o no, es interminable. Pero ¿qué pasa cuando los economistas predicen acertadamente algunas catástrofes financieras? Pues habitualmente resultan maltratados por los colegas y por la opinión pública. Sirva como muestra un solo ejemplo. Dos meses antes del histórico “crac” de finales de octubre de 1929 en la Bolsa de Nueva York, que dio lugar a la Gran Depresión, un notable profeta económico, Roger Babson, escribió con asombrosa precisión:

 

“Más pronto o más tarde se producirá un “crac” y será terrible. Como consecuencia de ello las fábricas tendrán que cerrar, los hombres se quedarán sin trabajo, el círculo vicioso girará violentamente y, como resultado, se producirá una grave depresión en los negocios.”

 

Pues bien, Babson fue acusado de la primera caída de la Bolsa, su fama menguó por culpa de su prematuro pesimismo y después se lo tragó la historia, sin que ningún económetra le propusiera como patrono.

 

Mejor le fue a Irving Fisher, un reconocido economista estadounidense que tres días antes de que estallara el mismo “crac” de 1929 aseguró que las acciones bursátiles “habían alcanzado el nivel más alto y allí se quedarían”. Pues bien, pese al tamaño de su error predictivo, Fisher continuó afirmando que las acciones se recuperarían rápidamente, cosa que tampoco ocurrió, sin que mermara su prestigio.

 

Otro destacado profeta económico que ha acertado en la gran mayoría de sus predicciones es Andy Xie, un economista chino nacido en 1960, que se formó en Estados Unidos y que predijo con acierto pleno la creación de burbujas financieras, incluyendo la que asoló Japón a finales de la década de 1980, la de la crisis asiática en 1997, la de las puntocom de 1999 y la terrible de las hipotecas subprime en 2008, que dio paso a lo que en la futura historia económica se conocerá como La Gran Recesión.

 

¿Y qué es de este brillante economista futurólogo? ¿Le han dado el Nobel de economía? Pues vive modestamente en Shanghai, desde donde difunde sus provocativas opiniones sobre la economía china en el diario South China Morning Post. Y eso es todo.

 

El sueño de utilizar modelos matemáticos para predecir los mercados financieros es muy antiguo. Si gracias a herramientas analíticas podemos predecir los eclipses de Luna para los próximos 10.000 años, ¿por qué no encontrar las ecuaciones que nos permitan convertirnos en millonarios? El mundo financiero creyó encontrar su santo grial en 1973, año en el que dos economistas estadounidenses, Fischer Black y Myron Scholes, publicaron una ecuación que permitía estimar los precios de ciertos contratos financieros conocidos como “derivados” (opciones y futuros). En pocas décadas, el mercado de estos complejísimos instrumentos movería cientos de billones de dólares. Black y Scholes fueron galardonados por este hallazgo con el Premio Nobel en 1997, una década antes del gran desastre.

 

Hasta mediados de 2007, todo el mundo parecía feliz. Los bancos de inversión estadounidenses (posteriormente bautizados como “la banda de los diez”) anunciaban cada trimestre beneficios multimillonarios, hasta que la fiesta terminó con el mayor descalabro del sistema financiero desde la Gran Depresión y la desaparición del banco Lehman Brothers. Muchos otros bancos sobrevivieron gracias a las inyecciones de dinero público y a operaciones de fusión “aconsejadas” por el Gobierno estadounidense.

 

¿Cómo pudieron los modelos bursátiles fallar tan estrepitosamente? Las ecuaciones son construcciones precisas, pero el problema reside en que cualquier modelo matemático reposa sobre ciertas hipótesis y simplificaciones. Para que resulten apropiados tienen que reunir dos virtudes simultáneas: que sean realistas y sencillos. Lo que ocurre es que cuando son muy realistas no son nada sencillos y cuando son muy sencillos no son realistas.

 

Bromas y chistes aparte, lo cierto es que la economía tiene ante sí el desafío de analizar la complejísima conducta humana, que muchas veces tiene poco o nada de racional y es imposible descubrirla con una simple mirada metodológica. Por ello, aunque conviene que los economistas hagan autocrítica desde la humildad, porque el futuro es un blanco móvil que no avanza en línea recta, también conviene convencer a la mayoría social del interés público de su trabajo.

* Roberto Velasco es autor del libro Economistas. Oficio de profetas (Ed. Catarata, 2016)

 

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