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Los retos de la energía

Las importantes elevaciones del precio de la electricidad en las primeras semanas del año han reactivado un debate que trasciende con mucho la coyuntura reciente.

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Dos grandes camiones parados ante un rótulo de Repsol.

Aunque estemos acostumbrados a que los temas salten a la palestra en momentos delicados en que se ve comprometido el suministro y el precio del aprovisionamiento, las cuestiones relacionadas con la energía son de amplio alcance.

 

Por un lado, constituyen unos inputs esenciales para la actividad productiva, que, de proveerse de forma eficiente, con adecuada calidad y precio, se convierten en un factor de competitividad, pero en caso contrario se convierten en un lastre. Por otra parte, incide en la calidad de vida de los hogares, pudiéndose producir algunos casos dramáticos como los relacionados con la pobreza energética que en los últimos tiempos han dado lugar en demasiadas ocasiones a lacerantes noticias. Más allá de su incidencia en la vida cotidiana de empresas y familias, la energía tiene destacadas dimensiones geopolíticas: las implicaciones del control del suministro y de las vicisitudes de los precios del petróleo son bien conocidas. Las dimensiones geopolíticas en los suministros de gas desde Rusia a buena parte de Europa han sido, y probablemente lo continuarán siendo, noticia con demasiada frecuencia, y siempre está ahí la necesidad de atender a los factores que pueden incidir sobre los suministros de la alternativa gasística procedente del Norte de África. Y, por supuesto, las dimensiones medioambientales asociadas a la producción, distribución y consumo de energía han pasado a primerísimos planos en los últimos tiempos, tanto en los ámbitos científicos como en amplios segmentos de la opinión pública, con unas respuestas desde la política que parecían avanzar en compromisos con la Cumbre de París de 2015 y la aprobación, a finales de ese mismo año, por parte de Naciones Unidas, de los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2016-2030, pero cuya efectiva continuidad no está asegurada. Las relaciones entre los problemas medioambientales con el ascenso del consumo energético, los efectos de formas de obtener recursos energéticos como el fracking sobre el entorno, y otras muchas facetas están conduciendo propuestas de cambios en los patrones energéticos, con la sostenibilidad en un lugar central, que incluyen cambios en los “estilos de vida”, tal vez hoy todavía no lo suficientemente generalizados, que van mucho más allá de las facetas estrictamente económicas y empresariales. El listado de importantes vertientes asociadas a la energía es, pues, tan amplio en cantidad como en relevancia.

 

La gestión y el precio

El papel central de la energía en las sociedades a lo largo de la Historia es de sobras conocido. Por un lado, el crecimiento económico ha ido acompañado de una creciente demanda que se ha acentuado en las últimas décadas con la incorporación generalizada de países a las pautas de desarrollo intensivas en energía (y en materias primas). Por la vertiente de la oferta, las formas de ir proveyendo de energía han ido planteando delicados equilibrios entre la búsqueda de nuevas fuentes y la gestión por parte de las existentes. La eficiencia y la innovación en la provisión de energía han sido retos constantes de las sociedades, muy a menudo complicados por el hecho de que, precisamente por su papel esencial, el control de las fuentes energéticas ha constituido un activo muy valioso que grupos más poderosos han tratado de conseguir y mantener. Controlar las fuentes de energía ha sido un elemento estratégico tanto en las relaciones entre sociedades como dentro de cada una de ellas.

 

Baste como muestra de la reconocida relevancia de los temas energéticos su inclusión en los trabajos del G20, adquiriendo presencia propia en las declaraciones finales de las cumbres de este organismo. En el listado de cuestiones que requieren la atención de los líderes mundiales se incluyen diversas vertientes relacionadas con la energía. Así, por solo citar la más reciente, en los puntos 23 y 24 de la declaración final de Hangzhou (China) el pasado mes de septiembre se explicita la importancia de fomentar “mercados de energía con un buen funcionamiento, abiertos, competitivos, eficientes, estables y transparentes”. Un listado de objetivos y de buenas intenciones que sufren cuando tratan de ser contrastadas con los hechos. Por cierto, entre los riesgos que se deberían evitar con una adecuada estrategia energética se mencionan explícitamente los “picos” en los precios “económicamente desestabilizadores”.

 

Pasando de los altos foros internacionales a las realidades más cotidianas en nuestro entorno, desde luego el modelo energético en nuestro país no parecería encajar en el último de los criterios formulados por el G20, el de transparencia. La presencia masiva en los medios de comunicación en las últimas semanas de expertos que trataban de explicar el método de fijación de los precios de la electricidad y, en paralelo, los demás costes que se incorporaban al “recibo de la luz” que se carga a las cuentas de millones de hogares y empresas, apenas ha contribuido a clarificar un complejo jeroglífico. La metodología de fijación del precio según el coste marginal de la última fuente de provisión de energía que hace falta utilizar en cada momento tiene resonancias a la condición de eficiencia que se enseña en el primer curso de las enseñanzas de economía: en equilibrio en competencia perfecta el precio tiende a igualar al famoso coste marginal, el de la última unidad producida. Ello genera el resultado de proporcionar un beneficio a todos los oferentes capaces de proporcionar el bien o suministro a un coste inferior al marginal. Pero este resultado queda distorsionado y pierde legitimidad tanto económica como social cuando la competencia en el sector dista de ser perfecta, especialmente cuando las interconexiones (seamos políticamente correctos) entre proveedores de diferentes fuentes, desde las nucleares a las centrales de ciclo combinado, pasando por las hidroeléctricas, las gasísticas y/o las eólicas, alejan más que notablemente al sector de ser un ejemplo o referente de competencia perfecta. Como sucede en otros ámbitos aplicar un criterio (precio según coste marginal) que sería adecuado en un contexto a otro muy diferente provoca resultados que pueden ser antagónicos a los alegados, en este caso, la eficiencia.

 

Cambios en el sector

Mención especial merece el trato a las energías limpias, medioambientalmente sostenibles, como las eólicas o las solares. El punto 24 de la ya mencionada declaración final de la cumbre del G20 en China se refiere especialmente a ello, vinculando las nociones de energía limpia con la sostenibilidad, la seguridad y la promoción de crecimiento. Para un país con las ventajas comparativas del nuestro, la sucesión de políticas contradictorias ha sido perjudicial, tanto en términos de eficiencia económica como de seguridad jurídica y, en última instancia, de precios para los usuarios finales. El denominado “impuesto al sol”, el gravamen incluso a quienes instalan privadamente mecanismos para obtener energía solar, ha sido la última, por ahora, de las ocurrencias al respecto. Es difícil evitar la referencia al origen de esa expresión, que se encuentra en un argumento presentado por el liberal francés Frédéric Bastiat ya en 1845 en su obra Sofismas económicos, en que ironiza acerca del tipo de alegatos que suelen presentar poderosos grupos ante el poder político para limitar las libertades. Bastiat ilustra cómo sería la argumentación de los diversos sectores implicados en la provisión de luz (iluminación) para quitarse de encima la “intolerable competencia” que sufren de un rival “situado, al parecer, en condiciones tan superiores a las nuestras para la producción de luz que inunda el mercado nacional a un precio fabulosamente reducido” y que resulta ser el Sol. Siempre se había interpretado el texto de Bastiat en el capítulo 7 de la primera serie de sus Sofismas como un relato irónico, exagerado, con pretensión de ridiculizar extremándolos los argumentos proteccionistas de defensa de algunos intereses generalmente bien organizados e influyentes. Pero verlos traducidos en normas legales en el siglo XXI no deja de llamar la atención (seamos, de nuevo, políticamente correctos). Naturalmente, siempre queda la duda de si es más llamativo presionar para convertir en realidad el impuesto al sol o que lo hayan autorizado los organismos que teóricamente deben velar por los intereses generales especialmente en casos de competencia imperfecta en sectores que proveen bienes y suministros esenciales. Las ideas de otro reconocido liberal como George Stigler, de la Universidad de Chicago, premio Nobel de Economía en 1982, acerca de cómo demasiado a menudo los órganos reguladores quedan capturados por los teóricamente regulados encuentra aquí un caso de estudio a profundizar. Nada nuevo bajo el sol, nunca mejor dicho: ya Bastiat había explicado en 1845 que los intereses del consumidor se habían sacrificado cada vez que habían colisionado con los del productor.

 

Desde la misma ortodoxia liberal de que proceden Bastiat y Stigler, los informes periódicos del World Economic Forum sobre Global Energy Architecture Perfomance Index (EAPI) ofrece datos y valoraciones interesantes. La edición de 2016 se basa en el que denomina “triángulo de la energía” con tres pilares: la contribución de la arquitectura energética de cada país a su crecimiento económico, la sostenibilidad medioambiental y el acceso y seguridad en la provisión energética. Las referencias a España en este documento ofrecen una valoración inicialmente positiva, aunque de inmediato se destacan los importantes retos que ahora las políticas energéticas suponen a los mecanismos de intervención diseñados. “Estáis bien, pero vais mal” podría ser una lectura del mensaje del año pasado que la conjunción de circunstancias en los primeros meses de 2017 habrían dejado al descubierto. El estudio del World Economic Forum examina cómo, con carácter general, la apuesta por las energías renovables debería conducir a reducciones eficientes en el precio de la energía en un esquema de fijación según el coste marginal similar al que se utiliza en España, pero nuestra realidad tiende a mostrar más bien resultados en sentido opuesto, apuntando a un serio problema de organización y gestión del sistema. Un análisis más desagregado de los componentes del EAPI muestra para España aspectos delicados que incluyen además referencias al carácter contaminante del sector de la energía (España en el lugar 97 en alguno de los indicadores al respecto, sobre 126 países comparados) y una posición significativamente peor en la “calidad del suministro de electricidad” que en la buena tasa de electrificación.

 

El citado Informe insiste en los cambios profundos que supondrá la plena incorporación de la potencialidad de la digitalización al sector de la energía. La “convergencia” entre infraestructuras físicas y digitales, mayores posibilidades de descentralización e interconexiones o un papel más activo de la provisión por parte de consumidores que aprovechen las nuevas opciones de la tecnología para ser en parte proveedores, una nueva aplicación de la noción de prosumidores, con aportaciones a la red que contribuyan a su eficiencia y estabilidad. Enfoques como los de smart grid o Enernet, la contracción de energía e internet, están empezando a cambiar el panorama de la provisión de energía de una manera similar a como los móviles han cambiado la noción de telefonía. El reto para nuestros países y sociedades es cómo afrontar lo que explícitamente el informe EAPI califica de transición energética.

 

En los actuales momentos de grandes incertidumbres (la era de la hiperincertidumbre, como la ha calificado el profesor Barry Eichengreen), cuando afrontamos cambios tecnológicos profundos que suelen ya calificarse de disruptivos, con denominaciones como la de Nueva revolución industrial (en los documentos del G20, Cuarta revolución industrial de forma más mediática), cuando asistimos a cambios sociopolíticos y geoestratégicos de alcance, vuelve a ser evidente que la energía es un aspecto esencial que incide y al tiempo es afectado por los grandes cambios del entorno. Y como siempre en estos casos, las grandes opciones son facilitar la adaptación y sacar partido de las nuevas posibilidades o, por el contrario, resistirse a ellas manteniendo las posiciones del statu quo. La forma provocativa en que Bastiat planteó la cuestión hace más de siglo y medio sigue ilustrando acerca de la filosofía de las alternativas. En los momentos decisivos se amplifican las diferencias que se derivan de adoptar una u otra opción: la agenda de modernización energética se convierte en crucial para la de la empresa y la sociedad.

 

MariadelRocio_Bonilla

Profesora colaboradora de la Universitat Abat Oliba CEU Profesora de la Escola Universitària Salesiana de Sarrià (EUSS)

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