ESTRATEGIAS

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¡Estoy rodeado de imbéciles!

Por
Ejecutivo en primer término, con los manos sujetando su cabeza en gesto de enfado y desesperación.

La expresión que da título a este artículo suele ser utilizada en algún momento (o varios) por cualquier profesional en su puesto de trabajo, ya sea empleado, colaborador, mando intermedio o directivo.

De hecho, cuando en mis conferencias sobre inteligencia emocional y liderazgo saco este tema, suelo ver muchas cabezas “asintiendo” entre el público.

Aclarar, que cuando alguien usa esta expresión, en realidad, se suele referir a que las personas que tiene a su alrededor (compañeros, jefes o subordinados) no le comprenden, no le hacen caso o no tienen el desempeño que él quisiera.

Y eso, claro está, le enfada y le frustra.

Pero, ¿realmente es así?, ¿estamos rodeados de imbéciles en las empresas?

No lo creo. Si así fuera, el primer responsable es quien selecciona a esas personas y tendría que revisar su método (si es que usa alguno).

A lo largo de mis más de veinticinco años trabajando en empresas de todo tamaño (micropymes, pymes y multinacionales) he podido comprobar que la mayoría de empresas tiene personas muy válidas dentro de su organización.

Es más, siempre encuentras auténticos talentos entre los equipos de trabajo.

Gente con una capacidad de análisis tremenda, muy racional, con calidad técnica, organizativa, de gestión o de dirección.

El caso es que siempre encontramos, desde un punto de vista aséptico, personas muy competentes en su ámbito de actuación.

A ver, siempre puedes encontrar a alguien que no sabe o no quiere (o ambas cosas) pero suele haber un motivo detrás que lo explica.

Es raro que se deba a una alteración cognitiva seria que necesite tratamiento terapéutico (aunque también existe, por supuesto).

Entonces, ¿si la realidad es que la mayoría de veces estamos rodeados de personas competentes y muy válidas, por qué a menudo tenemos la percepción contraria?

Muy sencillo. Porque no somos tan lógicos y racionales como nos creemos.

Nuestra capacidad consciente y racional es una ínfima parte de nuestra totalidad.

Además es una capacidad que consume mucha energía y tiempo, por lo que solemos usarla pocas veces o poco rato.

Y es que en realidad no somos lógicos sino “psicológicos”.

Nuestro sistema mental inconsciente, automático y emocional (de bajo consumo y ultra rápido) afecta poderosamente a nuestra atención, memoria, percepción, pensamiento, lenguaje, toma de decisiones y, por extensión, a nuestra conducta.

De forma que los contratiempos diarios, las interacciones con compañeros, jefes, subordinados, clientes y proveedores, interactúan constantemente con nuestro sistema inconsciente.

Éste hace una valoración e interpretación de los hechos en base a creencias, esquemas mentales, estados emocionales, categorizaciones, estereotipos, paradigmas y demás sesgos cognitivos o heurísticos.

Si solo tuviéramos una o dos interacciones a lo largo del día, quizá nos diese tiempo a parar, analizar y reflexionar conscientemente sobre qué está ocurriendo.

Pero como lo habitual es tener decenas de estímulos diarios con los que interactuamos en la empresa, dejamos a nuestro “piloto automático” que conduzca nuestro vehículo (sería imposible gestionar de otro modo).

Cuando llega un día en el que tenemos “un ataque de consciencia” o “hacemos seguimiento” y vemos que no vamos por el camino que queríamos, nos activamos emocionalmente con una sensación desagradable (desasosiego, incertidumbre, frustración, inseguridad, ansiedad…).

Pero es también nuestro piloto automático el que, con su sistema de autoprotección, lanza mensajes del tipo “estoy rodeado de imbéciles”, tratando de justificar lo ocurrido y eximirse de toda responsabilidad.

Solo cuando reflexionamos, analizamos y evaluamos la situación de manera más sosegada y “objetiva”, tratando de elevar nuestra mirada para ver con perspectiva y mayor globalidad, empezamos a intuir nuestra cuota de responsabilidad.

Quizá, desde esa posición más elevada y autocrítica (y con un mínimo de humildad), podamos ver que no hemos definido con claridad algunos roles de compañeros o colaboradores.

Quizá no hemos comunicado con precisión las prioridades en las tareas u objetivos.

O en realidad apenas nos hemos comunicado con los demás en los últimos dos meses y ha ido aumentando la ambigüedad o la confusión hasta tal punto que se produce un pequeño caos o se yerra en las decisiones.

O quizá podamos ver que hemos estado comunicando demasiado, muy a menudo y contradictoriamente, lo cual también puede producir una caída en el desempeño.

En cualquier caso, el ejercicio a realizar es de consciencia y reflexión para poder ver aquello que para “el piloto automático” pasa desapercibido.

Es como el chiste de aquel conductor que se dirigía en sentido contrario por la autopista y escuchaba por la radio decir a un locutor “Tengan mucho cuidado porque un loco se dirige por la utopista en sentido contrario”, a lo que reacciona rápidamente diciendo “¡uno no, todos, todos!”.

¿Y tú, también crees que estás rodeando de imbéciles?

¿Has probado a parar, elevar tu mirada y analizar con calma y sosiego qué está pasando?

 

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