Publicidad
MUNDO

1

Dos visiones de América y un resultado electoral incierto

Por
Trump versus Clinton.

La campaña electoral norteamericana para elegir presidente el 8 de noviembre de 2016 se ha convertido en la más intensa, controvertida, dura e interesante de los últimos sesenta años. Los dos principales candidatos –hay otros dos, además de Clinton y Trump, del partido libertario y del partido verde, pero no alcanzan un mínimo de estimación de voto del 15% para participar en los debates– son los menos queridos de la historia electoral americana. Dos tercios del electorado dicen no querer a Trump y, casi el 60%, dicen lo mismo de Clinton. Aun así, con encuestas diarias y con escándalos que afectan todos los días a los dos candidatos, la campaña electoral ha despertado un interés mayor que la de 2012 y, en cierta medida, supera, por su dureza, a la de 2008 que llevó a Barack Obama a la Casa Blanca, lo que fue un hito histórico.

 

Aquí hay, al menos, dos Américas y dos visiones de América enfrentadas. El sociólogo más importante de Estados Unidos, Darrell Bricker me dijo en una ocasión (2009) que las heridas de la Guerra Civil (1861-1865) todavía no estaban cerradas. Es fácil verlo en los conflictos raciales de Fergusson, Charlotte, Baltimore, Ohio y tantos más, en que la policía ha matado a tiros a jóvenes afroamericanos, simplemente por sentirse amenazados, o porque el sospechoso parecía tener un arma, o huía corriendo como alma que lleva el diablo. Ha habido disturbios por todo el país, con la comunidad afroamericana soliviantada. Curiosamente, el presidente Obama se ha distanciado de los hechos, excepto cuando cinco policías fueron asesinados por un francotirador afroamericano en Dallas a finales de agosto. Pero la división racial está presente, especialmente en el Sur y afectará al resultado electoral: el 93% de los afroamericanos dicen que votarán por Hillary Clinton. Y son el 12% del total de votantes. Ciertamente, por un Trump que les denomina “pobres infelices, tenéis una vida tan miserable que no perdéis nada votándome a mí”, los negros no le van a votar. Por Clinton, cuyo marido fue metafóricamente denominado “el primer presidente negro de la historia”, sí.

 

Algo similar sucede con la comunidad hispana, alejada de Trump desde que éste dijo que los inmigrantes latinos son “lo peor: narcotraficantes, violadores, violentos”; nada que decir de los 50 millones de hispanos norteamericanos que trabajan duro y pagan impuestos. O los once millones de ilegales que Trump pretende deportar a la par que construye un “bello muro” que separe México de Estados Unidos. En muchas ocasiones, los hispanos han votado a los republicanos –lo hicieron con George Bush– porque se sentían identificados con sus valores y principios, especialmente los cristianos. Pero ni Trump les trata con respeto ni parece tener principios y valores cristianos. La inmensa mayoría de hispanos (13% del electorado total) dice que votará a Hillary.

 

Trump ha perdido el apoyo de las mujeres, que son el 53% del electorado. Evidentemente, no de todas –las que apoyan a Trump son muy fieles, aunque el retrato robot del elector de Trump es, en un 90%, blancos varones y 60% con estudios inferiores o sin estudios–, pero sí la mayoría. De nada ha servido que Trump señalara con el dedo a Bill Clinton como depredador sexual. Eso ya lo sabían los americanos. La cuestión es que eso es ya historia y que Bill Clinton no se presenta a las elecciones. De tal manera que el impacto que han tenido las declaraciones de Trump a la cadena de televisión NBC en 2005 sobre que, por ser una estrella –personaje famoso– puede hacer cualquier cosa a las mujeres, ha sido devastador. De nada sirve que Trump lleve a la cadena Fox News a diario a las víctimas sexuales de Bill Clinton. Los que ven Fox News ya están convencidos y le apoyan; pero el resto de medios no le dan cobertura. Así que Trump ha perdido tres colectivos esenciales para ganar elecciones presidenciales: mujeres, latinos y afroamericanos. Con todo y con esas, Trump tiene un electorado fiel del 40% de media de estimación de voto que, aunque no es suficiente para ganar, favorece que le pise los talones a Clinton.

 

Porque Hillary tiene sus propios problemas: los norteamericanos, mayoritariamente, no confían en ella. La consideran deshonesta y mentirosa. Dicen que tiene dos caras con dos mensajes: por ejemplo, con respecto a los bancos y Wall Street, se muestra favorable a sus intereses cuando les da conferencias privadas por las que cobra medio millón de dólares, según ha revelado Wikileaks; pero, en público, para ganarse a los partidarios del izquierdista Bernie Sanders, Clinton ataca a los bancos. Al final, no hay nada oculto que no llegue a ser conocido.

 

Los medios de comunicación, en general, son afines a Hillary, excepto la Fox. De tal manera que prestan poca atención al escándalo de los emails de Clinton en el Departamento de Estado, al ataque a la embajada estadounidense en Bengasi o a que en privado –Julian Assange se encarga de que lo sepa todo el mundo– hable del electorado en términos despectivos. Ella es demócrata, liberal, progresista y, por primera vez en su vida, casi de izquierdas, para contentar a los millenials.

 

Vuelvo al principio. Nunca habíamos tenido una campaña electoral tan reñida como ésta y con tantos escándalos. Las encuestas nacionales dan a Hillary una ligera ventaja de entre 4 y 7 puntos porcentuales en estimación de voto. Y luego están las encuestas que verdaderamente cuentan: las que se hacen en cada estado, sobre todo aquellos con mayor número de delegados. El campo republicano tiembla: además de estar dividido, podría perder estados tradicionalmente suyos como Pensilvania, Michigan y Florida. Si así fuera, Clinton tendría la victoria asegurada, como nos dicen las encuestas.

 

Sin embargo, en una campaña tan poco convencional como esta, lo mejor es estar abierto a cualquier resultado, puesto que cualquier resultado es posible.

 

Compartir el artículo con un amigo

Publicidad
Publicidad

    Comentarios



    Acceda o regístrese para comentar