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Clinton versus Trump: el duelo del siglo

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Los rostros en primer término de Donald Trump y Hillary Clinton.

Las elecciones presidenciales norteamericanas de 2016 están siendo las más atípicas desde 1980, cuando el senador Ted Kennedy retó al presidente Jimmy Carter en 1980, algo muy inusual puesto que, en elecciones primarias, no está bien visto que el líder de un partido le dispute el puesto al presidente en funciones.

 

Empiezo por el final: podríamos tener ya dos candidatos presidenciales, aún pendientes de confirmar por sus respectivas convenciones de este verano: Hillary Clinton, por el partido demócrata, y Donald Trump por el republicano.

 

Las campañas electorales presidenciales son muy largas y, aunque las elecciones tendrán lugar a principios de noviembre de este año, en realidad, la carrera electoral empezó en la primavera de 2015. Era de esperar que, Hillary, tras sus ocho años en el Senado y cuatro años como Secretaria de Estado de Barack Obama –y tras publicar un extenso libro de memorias de esa etapa profesional–, anunciara su candidatura en el verano de 2015: lo que no me imaginaba era que yo iba a estar físicamente presente ese día, puesto que lo hizo en una de mis librerías preferidas de Los Ángeles (en The Grove, Barnes & Noble, mi favorita, en economía y relaciones internacionales). Allí fui testigo ocular de cómo un republicano exaltado acusaba por enésima vez a Clinton de ser una persona en la que no se puede confiar, en este caso, por el escándalo de los correos electrónicos confidenciales y de alta seguridad nacional que, supuestamente, Clinton usó mal –conforme a la ley, durante los acontecimientos que desembocaron en el asesinato por Al-Qaeda del embajador estadounidense en Bengazhi, Libia–.

 

Sorprendente que un líder populista de extrema izquierda (Bernie Sanders, senador por Vermont, pero nacido en Nueva York) y que, aunque está protegido en el nido demócrata, anda siempre a la gresca con su propio partido por definirse como socialista demócrata, dejando claro que hay socialistas que no son demócratas (antigua Unión Soviética, China, Corea del Norte, Vietnam, Cuba, Venezuela, etc.). Ha sido tanta la desigualdad social creada por la crisis económica (La Gran Recesión 2007-2009), que muchos blancos mayores y blancos jóvenes estudiantes están dispuestos a escuchar el incendiario discurso de Sanders. Según economistas como Stiglitz, Krugman y Picketty, la renta per cápita estadounidense se ha reducido un 20% entre 2007 y 2015. La realidad es que se ha mantenido estable y la cantidad media es de 54.000 dólares anuales por familia, exactamente igual que en 2007. Y se han creado 14,5 millones de empleos, creciendo al Producto Interior Bruto Americano en un 2,2% de media entre junio de 2009 y diciembre de 2015. Aun así, el descontento “está ahí” y eso explica que no se haya cumplido –como en 2008, cuando se enfrentó con Obama– la “inevitabilidad de la victoria de Hillary en las primarias demócratas”. En cualquier caso, Clinton tiene ya suficientes delegados para llegar a la convención con la nominación presidencial en el bolsillo: por muchos delegados que consiga Sanders de aquí al verano, Clinton seguirá sumando, hasta llegar a la mayoría absoluta: la mujer de Sanders ya ha dicho que ellos apoyarán a los Clinton, si ganan la nominación.

 

El caso republicano es inédito en los 150 años de historia del partido. La carrera electoral empezó en Iowa con 17 candidatos. Lo normal son tres y, en 2008 y 2012 hubo ocho. Uno tras otro han ido cayendo, destrozados por la retórica muy agresiva de Trump y por dos cuestiones meramente electorales: el electorado republicano tradicional, las tres familias conservadoras que auparon a Ronald Reagan al poder en 1980, no han votado, se han quedado en casa: son los conservadores sociales, morales y religiosos; los que quieren fuerzas armadas agresivas desplegadas por el planeta y poner fin al conflicto en Oriente Medio y los llamados “responsables fiscalmente”, defensores de mantener el déficit público a raya. Ironías de la vida, con Bill Clinton hubo cuatro años de superávit y con Bush –debido a las guerras de Irak y Afganistán– el déficit público se multiplicó por tres.

 

Desde 2009, como consecuencia de las guerras y los estímulos económicos e inversión pública para salir de la recesión, el déficit público ha alcanzado 19 trillones de dólares o, lo que es lo mismo, su equivalente en PIB y/o riqueza de América. Trump no dice cómo lo va a hacer, pero promete eliminar dicho déficit en 10 años, al tiempo que restaura la gloria de América: Hacer América grande otra vez, es su lema electoral. ¿Quién ha votado a Trump, pues? Millones de personas que estaban fuera del radar del sistema político, especialmente blancos pobres de mediana edad a quienes la crisis económica ha dejado de lado. Trump promete el “made in America” y, por tanto, manufactura estadounidense y, en consecuencia, puestos de trabajo en Estados Unidos, donde prácticamente no hay paro (la tasa de desempleo es del 4,9%-5%), aunque gran parte del nuevo empleo creado sea precario.

 

Clinton y Trump tienen cuestiones que resolver antes de que comience la campaña presidencial en el otoño. Obviamente, Clinton debe salir “limpia” (to come out clean, dicen los americanos) del caso de los correos electrónicos confidenciales, en primer lugar. En segundo lugar, debe recuperar el voto femenino, que no se ha entregado a su causa –especialmente las menores de 40 años– porque creen que miente más que habla, que no es de fiar y no le perdonan que no mandara a paseo a su marido hace cuarenta años, cuando sus muchísimas infidelidades se hicieron públicas. Además, Clinton debe resultar amable, hasta querida. En campaña –versus la versatilidad de su marido, Bill Clinton– ella está rígida y sigue un guión establecido del que nunca se sale y esto no le beneficia. Por lo demás y positivamente para ella, tiene el apoyo de segmentos electorales que, por variables socio demográficas y socio económicas facilitarían su elección como primera mujer presidenta: hispanos (13% electorado), afroamericanos (12%), judíos (8%), asiáticos (8%), clase trabajadora blanca (35%) y, gracias al rechazo que ha generado Trump entre las mujeres (51% del electorado), éste podría facilitar un trasvase de votos femenino desde el partido conservador al bando demócrata. ¡Ah! Y los jóvenes que ahora apoyan a Bernie Sanders, pero se irán con Clinton si ella gana la nominación, como está previsto.

 

El gran problema de Trump tiene naturaleza distinta a la de Clinton. Él es el problema. Es tan vanidoso, soberbio, egocéntrico…, e inteligente, que no hay quien pueda verle “ni en pintura”, dentro del aparato de su propio partido. Ha insultado públicamente a tantos líderes republicanos que, éstos, hoy le dan la espalda: Bush padre e hijo; McCain, Romney, Ryan, Cruz, etc. Lo primero que tiene que hacer es conseguir el apoyo de todas las familias del partido republicano, como hizo Reagan en 1980. Y retractarse de sus críticas a mujeres, latinos y musulmanes. De cualquier otra manera, Clinton ganaría por un 45% versus el 35% que obtendría Trump.

 

Cuando los dos candidatos hayan resuelto sus problemas internos y con sus electorados, veremos la campaña electoral presidencial americana más intensa e interesante desde 1960 (Kennedy versus Nixon).

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